Introducción a la cata
La cata del vino es en si misma una liturgia que, a pesar de que a priori pueda parecer puramente estética, se basa en la lógica impuesta por nuestro organismo: no se olerá nada que no haya entrado por la vista ni se probará nada que tenga un olor desagradable. En el proceso de degustación de un vino intervienen, en mayor medida, el sentido de la vista, del olfato, del gusto y del tacto –estos dos últimos actúan de manera conjunta-. No obstante, también interviene el sentido del oído, la importancia del cual recae en el hecho de que la captación de ruidos puede interferir en el resto de sentidos y disminuir su sensibilidad. En la liturgia de degustar un vino, se observará, en primer lugar, si el vino tiene buena presencia y, en el caso de que no sea así, será rehusado. Si el vino pasa esta primera fase, será el sentido del olfato el que lo someta a examen. En este caso, si los olores no nos resultan agradables, el vino no pasará a la fase de degustación en boca. Finalmente, si se han superado estas dos fases, el vino será analizado por el sentido del gusto y del tacto. Si el gusto lo rehúsa de manera contundente, el vino será expulsado. Por tanto, la degustación del vino, como la de cualquier otro alimento, se ha de someter a la lógica a la cual aludíamos al principio: no se olerá nada que no haya entrado por la vista ni se probará nada que tenga un olor desagradable.
